Hacer útil el voto inútil

Disculparán ustedes la prolongada ausencia, estaba finiquitando una larga relación laboral y dejando todo listo para poder tomarme unas largas y merecidas vacaciones. Así pues, sigo aquí.

De lo que ha sucedido a últimas fechas lo que más ha llamado mi atención es el pánico que está generando en la clase política el llamado que se está haciendo desde algunos sectores de la sociedad (inclúyome) para ir a sufragar en blanco este 5 de julio.

La estrategia que han seguido los políticos para desalentar estas muestras de inconfomidad, es achacarse mutuamente el estar detrás de la campaña, vamos que como saben que difícilmente podrán ganarse la credibilidad de los desencantados, ahora previenen a estos últimos de apoyar sin querer los “obscuros intereses” de sus adversarios. Como si alguno de estos manejara intereses muy transparentes.

Aquellos partidos pequeños inclinados hacia la “izquierda” argumentan que anular el voto favorecerá a los partidos grandes, lo cual electoralmente hablando tiene parte de verdad, ya que son estos últimos quienes cuentan con clientelas establecidas, el llamado voto duro.

Pero por otro lado no piensan que absolutamente nada les puede garantizar que el voto del otrora abstencionista sea por ellos, máxime cuando han demostrado ser auténticas rémoras del sistema político.

Otra acusación que se hace contra quienes promovemos el voto nulo, es la de “dinamitar nuestra incipiente democrácia”. Yo sólo agregaría el adjetivo “partidista”. La democracia no se circunscribe al ejercicio electoral y mucho menos a los programas establecidos por las élites de los partidos. Escrutinio constante, revocabilidad, mecanismos de consulta permanentes, son entre otras, varias de sus características deseables.

Es muy posible que después, el 6 de julio, la mayoría de los enojados anuladores vulevan a sus actividades cotidianas muy contentos de haber demostrado su desprecio a los políticos, al haberse limpiándo el culo con la boleta electoral. Un gesto bonito y bien significativo pero vacuo.

Lo que yo querré decir con mi boleta rayoneada no es, “los partidos que están no sirven, hagan otros menos corruptos, depúrense”, sino “este sistema no me sirve”, “no lo quiero, me resulta inncesario”.

La única forma de darle mayor contenido a esta muestra de descontento es comenzar a discutir otras formas de organización y gestión de la cosa pública, que le bloqueen el paso a perversiones como la partidocrácia u otros sistemas como los de partido único que se sirven de la idiotez del respetable para operar a sus anchas.

Hacer útil el voto inútil requiere ponerle un alto a la profesionalización de la política y asumir el rol de cuidadano activamente preocupado por los asuntos que nos conciernen a todos sin excepción.