Los hombres de la casa (I)
Azoto mi cabeza contra el escritorio al ritmo de Duke Ellington, pum-pum-pum, con fuerza, sin parar demasiado, durante unos 45 minutos que pasan como un cometa.
Cuando acaba el compacto tengo la frente roja, con unos puntitos de sangre asomados por los poros. Me duele. Es un dolor rico, como el de una encía cortada, salado y persistente.
Esa música siempre me remite a mi infancia y paradójicamente a la vejez, claro, la vejez de mi abuelo, que la escuchaba pataleando en su silla, intentando emular las rítmicas percusiones de una big band.
Mientras él hacía eso, absorto, se le caía el dinero de las holgadas bolsas de su pantalón, tin-tin-tin, uno, dos, tres, diez pesos. Vorazmente yo los jalaba hacia mí y los guardaba en el bolsillo delantero de mi overol de mezclilla.
Iba a la tienda y compraba una de esas paletas de grosella en forma de lápiz que tenían chocolate en la punta. Cuando regresaba a casa, con la boca toda roja, mi madre decía “¿quién te dió dinero?”, “el abuelo” contestaba yo.
El viejo era un poseso, pero le faltaba fuerza, no se dejaba llevar del todo, guardaba las formas. Cuando escuchaba música sólo temblaba quedamente, cuando más golpeaba con sus manos en la mesa.
Yo en cambio daba vueltas sin descanzo, dejaba que entraran las notas en mis partes huecas y que resonaran hasta que caía al suelo todo mareado. Abría la boca, emitía un sonido laaaaaaaargo y cambiaba el tono cada diez segundos.
“Tu hijo es un desquiciado” le decía a mi madre su padre, “te casaste con un loco y ahí tienes el resultado”.
Mi padre había estado encerrado tres años en un manicomio cuando joven, en realidad no estaba loco, pasó que se deprimió y a su familia le pareció una buena idea doparlo. Con los chochos se tornó entre triste y agresivo, lo encerraron en un hospital psiquiátrico del que se escapó tres años más tarde.
Llegó a casa de la abuela espantado y confundido, sin rastros de la extraña depresión. “Estas curado, ponte a trabajar” le dijo la vieja, y así lo hizo. Se convirtió en un ciudadano, se casó dos veces, compró dos casas y tuvo un par de hijos.
Yo no me parezco a él, en nada creo. Bueno tal vez en las cejas y la forma de caminar. Pero el abuelo sin duda se equivocaba en sus apreciaciones, ya que cuando daba vueltas y me tiraba al suelo en realidad me estaba dejando llevar por sus genes.
Esa “locura” ella suya, la diferencia era que yo no le ponía freno, no sabía como, y aún ahora no lo sé…, me pica la frente.