Algunos me preguntan, ¿porqué escribes sobre política en tu blog?, señalándome previamente que este les gusta, sólo que a veces, parecen decirme, despide un olor desgradable dada mi manía de abordar temas “tan sucios” como la corrupción y la simulación dentro de nuestro vetusto sistema político y jurídico.
La mayoría de las veces yo guardo silencio, o contesto con un insuficiente “porque sí”, o mejor aún, con un “¿porqué no?”.
A mi me parece “natural” que alguien se preocupe por la política, entiendo el asco y la aversión que los políticos de todos los signos generan, pero es por eso mismo que considero que los ciudadanos de a pie debemos interesarnos por rescatar el arte de llegar a acuerdos para resolver los asuntos públicos, de ser posible, sin la perniciosa influencia de los autodenominados “políticos profesionales”.
En la antigua Grecia, a los ciudadanos (nada es perfecto, saquen a los esclavos) con derechos políticos plenos, que no se interesaban en los asuntos de su polis, se les denominaba despectivamente como idiotas (del griego idio-ιδιω, que significa propio).
Los idiotas eran ciudadanos que desdeñaban el participar en la discusión y deliberación de los asuntos públicos, y que preferían atender sus intereses, circunscribiendo su actuar al ámbito privado.
El significado más extendido actualmente de la palabra, que se refiere a la enfermedad mental de la idiocia o idiotez, conserva la raíz griega al describir a individuos cuya capacidad mental no les permite establecer lazos sociales efectivos y viven, por decirlo de alguna manera, ensimismados. O sea, en su mundo.
En un célebre debate entre Noam Chomsky y Michel Foucault, el moderador Fon Elders cuestionaba a este último sobre su marcado interés por la política, en detrimento de la filosofía.
La respuesta que le dió Foucault no tiene desperdicio:
Su pregunta es: ¿porqué me intereso tanto por la política? Si yo le contestara muy simplemente le diría, ¿porqué no debería estar interesado en ella? Es decir, ¿qué ceguera, qué sordera, qué densidad ideológica habría de sobrecargarme para evitar que continúe interesado en el que es probablemente el tema más crucial de nuestra existencia, es decir, la sociedad en la cual vivimos, las relaciones económicas dentro de las cuales esto funciona y el sistema de poder que define las formas de regulación, los permisos y prohibiciones habituales de nuestra conducta? La escencia de nuestra vida consiste, después de todo, en el funcionamiento político de la sociedad en la cuál nos encontramos.
Genial ¿no les parece?
La próxima vez que alguien me pregunte el porqué de mi interés en la política, ya tendré esbozada una respuesta: “para contribuír a que esta no sea copada por la idiotez”. Es decir, para revertir en la medida de lo posible la tendencia imperante, que lleva a tratar la cosa pública (res pública) como algo privado.